AGUSTIN DE HIPONA

LA VISION CRISTIANA DE LA HISTORIA

Por Martí Muñoz Farnés

 

Agustín de Hipona nació en Tagaste, Numidia (África del Norte), en el año 354, hijo de padre pagano y madre cristiana. Estudió en Cartago, donde vivió una agitada vida intelectual y social. De joven conoció las Escrituras y las menospreció como a literatura mala y poco seria. Posteriormente se acercó al maniqueísmo, al escepticismo y al neoplatonismo, para terminar cristiano bajo la influencia de san Ambrosio, obispo de Milán. Veinte años antes de su muerte, el 24 de agosto del año 410, Alarico conquistó Roma y durante cuatro días el saqueo y la violencia arrasaron la ciudad. El hecho no era en realidad especialmente decisivo para el curso de la historia, sino que más bien surgía como el resultado de un largo proceso: el derrumbamiento de un Imperio.

 

Pero, en cambio, el impacto psicológico de la caída y el saqueo de Roma fue enorme: la conciencia del desastre era ya insoslayable, y la imaginación, sacudida por las visiones de fuego y muerte, magnificaba aún más la tragedia. Entonces se desataron las murmuraciones. Dios -decían los propios cristianos desesperanzados- no había podido impedir el saqueo de la ciudad; las reliquias de los santos y los mártires no habían sido capaces de defenderla de los ataques de un bárbaro arriano. Los paganos, por su parte, atribuían el desastre al abandono del culto a los antiguos dioses. De estos hecho arranca la reflexión política de Agustín, quien, tomando la pluma para acallar dichos rumores, nos ofreció en La Ciudad de Dios un completo tratado de teoría política y de la historia, cuya influencia fue constante durante toda la Edad Media.

La obra se divide en dos partes. La primera es de carácter polémico, pues niega la efectividad de los falsos dioses a la hora de proteger a sus fieles de las desgracias. Cita al respecto multitud de ejemplos, con los que pretende demostrar que las calamidades sucedidas en tiempos de los dioses paganos eran aún mayores que las del presente. Los dioses paganos no impedían la perdición de los suyos, ni castigaban los pecados, entre otras cosas porque carecían de autoridad para ello, envueltos como estaban en una maraña de vicios.

 

La segunda parte contiene una explicación cristiana y global de la historia. Su punto de partida es una concepción lineal del tiempo, en la que no tienen cabida ciclos ni repeticiones. De un estado inicial de inocencia se pasó a otro de pecado. El pecado original es irrepetible y su peso se arrastra a lo largo de toda la historia. Este pecado provoca la venida del Hijo de Dios, hecho hombre, para salvar a los humanos, circunstancia que también resulta irrepetible. Por tanto, tras una primera caída la humanidad emprendió un camino de perfeccionamiento, que culminó con la venida de Cristo y el advenimiento de una nueva era. En esta edad cristiana, los seres humanos, ya iluminados y libres, deben proseguir su perfeccionamiento y difundir la luz de la verdadera fe entre todos los pueblos. Cuando todos conozcan y veneren a Cristo, se producirá otro hecho trascendental: el juicio final y el fin de la historia. Una vez culminado el progreso hacia la luz el mundo, el tiempo y la historia se extinguirán para siempre, siendo sustituidos por la eternidad supraterrena.

 

En segundo lugar, cabe señalar que para Agustín el auténtico sujeto de la historia es la Providencia, que siempre dispone las cosas y los acontecimientos de cara al bien de los seres humanos. Los hombres son libres como individuos, y en cuanto tales pueden oponerse, pecando mortalmente, a los planes divinos. Pero un solo individuo -ni tampoco muchos de ellos- no puede impedir que la marcha de la historia se produzca por los caminos sabiamente diseñados por un Dios omnipotente. Los aparentes males y desgracias del mundo no son sino paternales castigos, retrocesos aparentes que en realidad son progresos. El ser humano en ocasiones no lo entiende así, debido a su ignorancia y a la ceguera que las pasiones producen en ellos.

 

En tercer lugar, la base del Estado y de la Justicia no es ningún poder terrenal, sino Dios mismo. Los seres humanos se agruparon por su propia naturaleza, porque Dios los hizo sociables. Si el pecado original no hubiera corrompido su naturaleza, todos los hombres se amarían mutuamente, serían iguales, justos y benéficos, vivirían libres y en paz, y no sería necesario ningún gobierno que los sujetase. Con el pecado, el mal entró en los hombres truncando su recta voluntad, y se hizo necesario el establecimiento de una autoridad que garantizase un mínimo orden. Los gobiernos son, pues, necesarios y queridos por la divinidad.

 

Pero quienes no conocen las reglas de la verdadera justicia, no pueden regir rectamente a los hombres, y sus estados no serán justos. Sólo el conocimiento del Único Dios puede inspirar a los gobernantes para que dicten las normas apropiadas. De todos modos, Agustín señala que un estado cristiano tampoco será perfecto, sino únicamente un mal menor. Asimismo, afirma que un gran imperio siempre es más proclive a la corrupción y a la violencia, por lo que se decanta por comunidades humanas más reducidas.

 

El factor de unidad entre los distintos pueblos es la Iglesia, pueblo único de Dios en cuyo seno los hombres están ligados por lazos de amor mutuo. Y como es un solo pueblo y tiene un solo rey, que es Cristo, debe obedecer, aquí en la tierra, a la autoridad del representante de Cristo en el mundo, que es el Papa. La Iglesia es el verdadero reino, el reino de Dios, pero sólo alcanzará su culminación tras el final de la historia, en la ciudad eterna y celestial.

 

Mientras camine por el mundo, la ecclesia peregrina correrá grandes riesgos, padecerá y caerá en imperfecciones. Los partidarios de Cristo esperan ser ciudadanos del cielo, de la Ciudad de Dios. Sus adversarios, oponen a ésta la ciudad terrena. Los primeros siguen la ley de Creador; los segundos la ley de la carne. Los unos aspiran a bienes espirituales; los otros acumulan riquezas y bienes materiales, sin saciar nunca su sed de ellos. Los que aman a Dios y al prójimo hasta llegar a despreciarse a sí mismos constituyen, en definitiva, la Ciudad de Dios; mientras que los que se aman a sí mismos, hasta el punto de despreciar al prójimo y a Dios, son los habitantes de la ciudad terrena. Al final de los días, la Ciudad de Dios terminará por imponerse a la ciudad terrena y los justos obtendrán su recompensa.

 

 

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