HERDER
UNA VISIÓN ROMÁNTICA DE LA
HISTORIA
Por Martí Muñoz Farnés
Filósofo, crítico literario y pedagogo alemán,
nacido en Mohrungen (Prusia Oriental) en 1744. Discípulo de Kant, Hamman
y amigo personal de Goethe, Herder figuró entre los impulsores de la
corriente prerromántica Sturm und
Drang —tempestad e impulso—, especie de revolución
literaria y artística de inspiración nacionalista,
antiintelectualista, anticosmopolita y, en consecuencia, contraria a la
Ilustración. Herder sostuvo que la poesía debía ser la
expresión del genio nacional y preconizó el retorno a las
tradiciones alemanas. El punto de partida del Sturm und Drang fue puramente estético, con la consigna del
retorno a la naturaleza tosca y virgen. Sin embargo, el movimiento no
careció de implicaciones políticas. Ante todo, en el sentido de
que fue netamente nacionalista. El mismo Goethe sufrió la impronta de
este prerromanticismo nacionalista, y la obra de Hegel hundió sus
raíces en él, tratando de conciliar un nacionalismo excluyente
—e incluso xenófobo— con aspiraciones humanas propias del
misticismo.
Interesado por
la historia de las civilizaciones, Herder sostuvo la tesis de que el lenguaje
—el principal rasgo distintivo del hombre— fue el detonante de la
constitución de la sociedad humana, de modo que el ser social deber
considerarse como una creación de la lengua. Entendió la historia
como desarrollo o realización de toda la humanidad, gobernada por el
progreso. Como ya se ha mencionado, algunas de sus ideas influyeron en Hegel.
Entre sus obras destacan: Dios.
Diálogos sobre el sistema de Spinoza e Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad. Falleció
en 1803.
Herder publicó en 1774 su obra Otra filosofía de la historia, en la que expone su postura contraria
tanto al cosmopolitismo de su maestro, Kant, como al ideal ilustrado en
general. A juicio de Herder, cada pueblo constituye una entidad independiente y
diferenciada, con una cultura y costumbres propias que no admiten ninguna clase
de generalización. La tendencia que muestran los ilustrados a la hora de
juzgar las sociedades del pasado según sus propios parámetros
constituye un error importante, que se equipara al que cometería aquel
que le exigiera a un niño que se comportara como un adulto.
Partiendo de un origen común —como lo afirman tanto la
Biblia como las investigaciones históricas— la humanidad ha pasado
por diversas etapas. Hubo un primer tiempo, el de los patriarcas
bíblicos, en el que reinaba el paternalismo y la religiosidad. La
razón aún no se había desarrollado, pues la
imaginación y la inocencia de los hombres hacía que éstos
se condujeran por el recto camino. Pero poco a poco las organizaciones sociales
fueron creciendo en complejidad, lo cual acarreó un cambio en las
costumbre e ideales de la población. Este período, que Herder
localiza en Egipto, se caracterizó por la extensión de la
agricultura y la construcción en piedra. Su régimen
político era religioso y autoritario como correspondía al grado
de desarrollo
histórico
e intelectual de sus gentes, no siendo criticable desde una perspectiva
contemporánea, como hacían algunos ilustrados.
El siguiente momento en la escala de la evolución
histórica se produce en Fenicia, donde el hombre descubre el comercio y
desarrolla como cualidades la astucia y la sagacidad. Posteriormente, en la
Antigua Grecia se alcanzan la belleza y la armonía, adquiridas a partir
de las artes, la poesía, el sentido lúdico y amoroso, la
curiosidad y el equilibrio. Aparecen las leyes y la filosofía,
fundamentos culturales incipientes que sólo llegarán a su etapa
viril en Roma, donde el derecho, la organización política y las
artes militares alcanzaron un nivel inusitado.
La caída del Imperio Romano en manos de los bárbaros
supuso una necesaria inyección de sangre joven en una sociedad que
había entrado en decadencia, debido en buena parte a la
corrupción de sus instituciones. El cristianismo trajo consigo la
madurez intelectual de los seres humanos, cuyo pensamiento profundizó en
sus ideales hasta donde no lo había hecho nunca. Una vez más,
Herder destaca la injusticia que cometen los ilustrados que juzgan la Edad
Media como una etapa oscura, sin tener en cuenta la estabilidad, el equilibrio
y las virtudes morales que se desarrollaron en el período.
"Montaña y valle tienen que ser
colindantes", afirma Herder con la intención de admitir
que si la Edad Media tuvo algún resquicio de oscuridad también
estaba justificado, pues la etapa que cronológicamente le siguió
no fue otra que la de la aurora resplandeciente del Renacimiento y la Reforma,
período caracterizado por la exaltación de lo humano en
detrimento de lo divino; algo que no obstante, según Herder, lleva
implícita la huella de la prepotencia: "¡Todo es un gran destino impensado, inesperado, no
producido por el hombre! ¿No ves, hormiga, que no haces otra cosa que
deslizarte sobre la gran rueda del destino? ".
Por último, la crítica de Herder a la Ilustración
se completa con la propuesta de un ideal de mejora para el ser humano basado en
la potenciación de lo más íntimo del hombre: en los
sentimientos, en lo cotidiano, en las necesidades particulares y peculiares de
cada hombre y de cada pueblo, y no en la difusión de una
educación y una cultura basadas en generalidades, superficialidades y en
la frivolidades, que es en lo que a fin de cuentas se concreta, a juicio de
Herder, el ideal ilustrado.
La filosofía de la historia de Herder contiene numerosos
elementos románticos: religiosidad, crítica a la racionalidad y a
los valores basados en el bienestar económico y político,
exaltación de los sentimientos, de la fe, del ideal caballerescos
medieval, de la antigua Grecia y reconocimiento del carácter diferencial
de cada pueblo.