LICURGO Y
PERICLES
Por
Ezequiel Solana
Fue
Licurgo un célebre legislador de Esparta, a cuyo código
debió sin duda este pueblo su grandeza histórica.
Las
noticias que se tienen de su vida son muy vagas y algunas de las leyes que se le
atribuyen se cree que son posteriores a él.
Dicen
que supo poner paz en la ciudad, reconciliando los diferentes partidos, y que
luego estableció un código de leyes muy sabias. Para que no se
alteraran hizo jurar al Senado que nada se cambiaría antes de su vuelta
y para no desligar a su pueblo de este juramento se dejó morir
voluntariamente de hambre en su retiro.

Debió
vivir por el siglo IX antes de Jesucristo. Según las leyes de Licurgo,
el ciudadano, desde que nacía, pertenecía al Estado, que le condenaba
a morir si era de complexión débil o enfermiza.
No
dando gran importancia al cultivo de la inteligencia, educaba a los
niños desde los seis años exclusivamente para la guerra, con
ejercicios gimnásticos de agilidad, fuerza y destreza, así como privaciones,
sufrimientos y frugalidad en la comida. El respeto a los ancianos era una de
las primeras virtudes.
Acostumbrados los jóvenes
espartanos a dormir sin comodidad, a correr, saltar y sufrir toda clase de
fatigas, llegaban a ser heroicos
soldados, hombres siempre dispuestos a sacrificarse por la Patria.
Como
Licurgo, legislador de Esparta, vino a ser Solón, legislador de Atenas.
En Atenas a los dieciséis años los jóvenes debían
educarse físicamente en los gimnasios, a los dieciocho pasaban al servicio
militar y a los veinte entraban en el disfrute de los derechos de
ciudadanía.
Por su
parte, Pericles vivió en el siglo V a.C. y llegó a ser un
personaje tan ilustre que mereció dar el nombre a su siglo, pues los
historiadores lo llaman El siglo de Pericles.
Era de
noble cuna, de gallarda apostura, de grande elocuencia y singular talento, con
lo que pronto alcanzó gran superioridad como político, si bien se
le achaca en varias ocasiones la falta de probidad y de justicia.

Trató
siempre de halagar al pueblo para conservar el poder, que ejerció por
espacio de veinte años, aunque nunca llegó a ser arconte.
Fomentó grandemente la cultura.
Embelleció
Atenas con obras de arte de todos géneros, construyendo los
Propóleos, magnífico vestíbulo de la ciudadela, adornado
con las obras de Fidias, Mirón y Alcamenes.
Levantó
el Partenón en honor de Minerva y el Odeón para representaciones
musicales.
De
aquella Atenas dijo Lisipo:
<<Insensato
el que no desea ver Atenas; insensato el que la ve sin admirarla y más
insensato quien la ve, la admira y la abandona>>.