EPICURO
UNA FILOSOFIA
DE LA AMISTAD

Por Jordi Puigdomènech

 

Epicuro nació en la isla de Samos, hijo del ateniense Neocles, uno de los colonos emigrantes que acogiéndose a una ayuda estatal, se había establecido en la isla en el 352, recibiendo un lote de tierras. Fue el segundo de cuatro hermanos, siendo su padre maestro en una pequeña escuela; parece probable que Epicuro le ayudara en sus trabajos. El oficio de maestro de primeras letras no era una profesión de prestigio y el satírico Timón se burlaba de este trazo familiar, aludiendo a Epicuro como "el hijo del maestro de escuela, el menos educado de los filósofos". Epicuro comenzó a estudiar filosofía tempranamente, siendo discípulo del platónico Pánfilo a los catorce años; de él aprendió las bases y postulados de un idealismo al que iba a oponerse a lo largo de toda su vida. A los dieciocho años fue a Atenas a cumplir el servicio militar, conociendo allí al popular comediógrafo Menandro. En sus primeros años en Atenas Epicuro vivió las repercusiones de las muertes de Alejandro Magno, Demóstenes, Aristóteles y Diógenes el Cínico, aunque no se conservan testimonios fehacientes de esta primera estancia ateniense del filósofo de Samos. Posteriormente, Epicuro residió diez años en Colofón, debido a motivos familiares. Allí pudo estudiar con el filósofo atomista Nausífanes, discípulo de Demócrito y del escéptico Pirrón. La influencia que ejerció Nausífanes en el pensamiento epicureísta es digna de tener en cuenta. Tras haber dirigido una primera y fugaz escuela en Mitilene, Epicuro regresó a Atenas en el 306 para fundar El Jardín. Pese a las vicisitudes políticas vividas por la ciudad ateniense, el Liceo y la Academia seguían siendo escuelas filosóficas de enorme prestigio, en las que se impartía una paideía del más alto nivel. Para impartir con independencia su doctrina, Epicuro compró una casa y, no lejos de ella un pequeño terreno, el "Jardín" ( kêpos ). Este jardín era más bien un huerto en el que, además de charlas y convivencias amistosas, se cultivaban también hortalizas para caso de necesidad. El espíritu intelectual de la escuela de Epicuro difería de los del Liceo y la Academia , más dedicados a la investigación científica y a la paideía cultural superior. El Jardín proporcionaba más bien un lugar para el retiro y la vida intelectual de un grupo de amigos, congregados en torno a la venerable figura del filósofo de Samos.

Los miembros del Jardín cultivaban la generosidad y la amistad recíprocas, celebrando festejos los días 20 de cada mes, en honor del nacimiento de su maestro. Las comidas en común y las celebraciones tenían lugar siempre según los principios de la escuela, es decir, con una gran moderación. A diferencia de la práctica totalidad de escuelas filosóficas, tanto antiguas como posteriores, en el Jardín se admitían toda clase de personas, independientemente de su sexo, condición o clase social: allí podían verse tanto mujeres como esclavos. Temista, la respetable esposa de Leonteo, compartía charlas y mesa con algún esclavo y con la popular Leonción, mujer de costumbres disipadas. Tanto las enseñanzas como la propia figura de Epicuro suponen un desafío a las grandes escuelas filosóficas existentes en la época, concretamente la Stoa , el Liceo y a la Academia. Escribió numerosas obras, unos trescientos rollos de papiro -según Diógenes Laercio- de los que únicamente nos han llegado algunos fragmentos. Entre ellos están las tres cartas enviadas a sus amigos, como la Carta a Meneceo , la Carta a Heródoto y la Carta a Pitocles . También gracias a Diógenes Laercio se conservan las Máximas Capitales , mientras que de su tratado Sobre la naturaleza sólo nos ha llegado una parte muy reducida, gracias a la biblioteca de Filodemo, en Herculano. En el siglo XIX se recuperaron las Sentencias Vaticanas . Al margen de las obras citadas circula otro texto, la Carta a Idomeneo , en la que se encuentra el testamento de Epicuro. La amabilidad acompañó a Epicuro hasta el lecho de muerte, pues en las últimas líneas del testamento leemos su petición a Idomeneo de que cuide a los hijos de su discípulo Metrodoro, muerto hacía siete años.

El sistema filosófico de Epicuro surge como una respuesta práctica para aquellos individuos inquietos que buscaban el camino para alcanzar la felicidad y la confianza en el ser humano. Eran tiempos de profunda crisis, tanto política como moral, agitados por continuas guerras y luchas por el poder; tiempos en los que la filosofía se erige como un saber eminentemente práctico, que parte de una actitud reflexiva frente a los males que aquejan a todos:

<< No hay que simular filosofar, sino filosofar realmente. Porque no necesitamos aparentar estar sanos, sino estar sanos realmente >>

El sabio es un ser autosuficiente, que sabe dominarse a sí mismo y, por tanto, lleva una vida feliz -o aproximadamente feliz-, en abierto contraste con el erudito que únicamente acapara conocimientos o el ambicioso que sólo persigue la riqueza. El epicureísmo es esencialmente un arte del buen vivir, basado en la moderación de las necesidades y en el uso racional de la libertad:

<< El que quiera llevar una vida libre no puede adquirir grandes riquezas, por no ser éstas asunto fácil de conseguir sin tener que realizar a cambio servicios al vulgo o a los poderosos. Pero el hombre libre ya lo posee todo en su misma libertad >>

Epicuro propone, en primer lugar, partir de un conocimiento de la realidad libre de temores infundados y de falsas opiniones, ambos causa frecuente de perturbación del ánimo. La única realidad que existe es la sensible, que es conocida por el individuo a partir de los datos de los sentidos (materialismo). El alma no es un ente espiritual o trascendente, sino material y corpóreo. Está compuesta de átomos como el resto de la materia, pereciendo, por tanto, cuando éstos se disgreguen tras la muerte del cuerpo. Con esta afirmación, Epicuro acepta el atomismo de Demócrito.

La ética epicúrea y su concepto de hedoné

Una de las características esenciales de la filosofía epicúrea es la subordinación de todo su sistema filosófico a conclusiones de carácter moral. Los dos textos fundamentales para estudiar la ética de Epicuro son la Carta a Meneceo y las Máximas Capitales , ambas recogidas por Diógenes Laercio en el libro X de su obra Vidas de filósofos ilustres . La teoría epicúrea del conocimiento trataba del papel primordial que ocupan los sentidos en el proceso del conocer, mientras que la física se ocupaba del estudio de la materia, compuesta por átomos y vacío. Los átomos están dotados de un movimiento desviatorio imprevisible - clinamen- que es la causa de los choques y agrupaciones de átomos que, a su vez, dan origen a la materia. Esta teoría física servía a los epicúreos para evitar el determinismo y preservar así la libertad del alma, pues en definitiva ésta se compone de átomos, como todo lo real. El período helenístico fue un período de confusión y desorden, no sólo en el terreno político, sino también en el terreno moral. Por ello, el objetivo central de la filosofía epicúrea es la búsqueda de los medios que pueden conducir al hombre a llevar una vida tranquila y feliz, de ahí que la ética ocupe en ella el lugar central. La Carta a Meneceo es un resumen de otros tratados de ética, perdidos para la posteridad. Su primera parte es una invitación a la filosofía como fundamento de un nuevo humanismo:

<< Nadie por ser joven dude en filosofar, ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud del alma. El que dice que aún no tiene edad de filosofar o que la edad ya le pasó, es como el que dice que aún no ha llegado o que ya le pasó el momento oportuno para la felicidad >>

La aportación primera de Epicuro no es propiamente la invitación a la filosofía porque a través de ella se alcanza la felicidad, propuesta hecha ya anteriormente por otros pensadores, sino el matiz profundamente pragmático que confiere al filosofar, gracias al cual éste se convertirá en algo adecuado para cualquier edad. En segundo lugar, Epicuro afirma que la base de la felicidad es la obtención del placer y la evitación del dolor, porque el placer - hedoné - es el principio - arché - y el fin - télos- de una vida feliz:

<< Y por esto decimos que el placer es principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, a nosotros connatural; de él partimos para toda elección y rechazo, y a él llegamos juzgando todo bien con la sensación como norma >>

Epicuro distingue dos tipos de hedoné (placer): el estable o catastemático y el móvil o cinético. El placer catastemático es el que Epicuro señala como más importante, y se define como la armonía que produce una ausencia de dolor no sólo en el cuerpo, sino también en el alma. Esta armonía no es difícil de alcanzar, pues basta con mantener un equilibrio en el aspecto físico de la persona y un alma libre de vanas opiniones. Los placeres cinéticos son los propios de los sentidos y posteriores a los placeres catastemáticos. Si un hombre tiene hambre, al comer obtendrá un placer estable. Pero si después de haber comido lo suficiente continúa ingiriendo alimentos únicamente para deleitarse, entonces estará obteniendo un placer en movimiento o cinético. Epicuro considera que el placer no es ilimitado; pero como la carne es irracional - á-logos - el límite en la búsqueda y consecución del placer lo debe marcar la razón - diánoia -, evitando así los deseos desmesurados:

<< No aumenta el placer en la carne una vez se anula el dolor por lo que nos faltaba, sino que únicamente se diversifica (...) El límite de la grandeza de los placeres es la eliminación del dolor >>

Pese a que Epicuro considera que los placeres que proporciona el alma son superiores a los del cuerpo, también afirma rotundamente que los primeros en ser atendidos deben ser éstos: hay que eliminar el dolor de estómago que provoca el hambre antes de poder gozar de otros placeres. Y en cuanto a los deseos, la prudencia - phrónesis - es la que indicará al individuo cuáles deben de ser aceptados y cuáles rechazados. Epicuro distingue tres tipos de deseos:

I/ Naturales y necesarios: son los que hacen referencia inmediata a la supervivencia y causan dolor si no son atendidos de inmediato. Calmar el hambre, la sed y el frío son deseos naturales y necesarios que, al ser eliminados, producen un placer catastemático.

II/ Naturales y no necesarios: son los que no aparecen como reacción al dolor, sino como variación del placer. No producen dolor si no son satisfechos. Se limitan a provocar placeres cinéticos y entre ellos se incluyen los placeres relativos al sexo. Epicuro distingue entre la mera relación sexual - tá aphrodisía- que considera una necesidad natural del cuerpo, y el amor apasionado - eros- , altamente peligroso por ser motivo de desasosiego del alma.

III/ No naturales y no necesarios: son el ansia de poder, fama, gloria y demás triunfos. Epicuro defiende la posibilidad de abstenerse de toda vida política. El sabio no debe aceptar cargos públicos y limitarse únicamente a acatar las leyes del lugar en que vive. El epicúreo es un hombre libre, moderado, que quiere vivir en paz gozando de los pequeños placeres que da la vida. Tal vez, admite, no sea posible evitar los pequeños achaques y las enfermedades, pero lo que sí es posible, gracias a la filosofía, es dominar las ansias y ambiciones irracionales de poder, en algunos casos, y de placer, en otros, que dominan el alma llenándola de angustias y terrores.

Los dioses de Epicuro

Tanto en la Carta a Meneceo como en las ximas Capitales Epicuro habla de la necesidad de evitar los temores del alma, y uno de ellos es el temor a los dioses. Para el filósofo de Samos los dioses existen, aunque no hay que temerles, pues viven plenos y felices en los espacios intercósmicos, sin preocuparse para nada de los humanos. En consecuencia, niega la existencia de la Providencia , es decir, la intervención de los dioses en la vida de los seres humanos:

<< Los dioses existen, ya que el conocimiento que tenemos de ellos es evidente >>

<< Si los dioses prestaran oídos a las súplicas de los hombres, pronto todos ellos hubieran perecido, porque de continuo piden muchos males los unos contra los otros >>

La evidencia de la existencia de los dioses se manifiesta en las anticipaciones - prolépseis- , que son las nociones impresas en el intelecto de todos los hombres. En el sueño y en la vigilia la mente capta los eídola o simulacra , emanados continuamente de los mismos dioses. Las anticipaciones de los dioses no se obtienen, pues, por los sentidos, sino por la mente. Epicuro acepta el culto a los dioses, pero no porque de su veneración espere recibir recompensa alguna, sino porque la contemplación serena y desinteresada de estos seres superiores, modelos de eterna felicidad, produce alegría en los seres humanos. El mundo es, sin más, el producto del casual movimiento de los átomos, sin destino ni dictado divino alguno que cumplir, por lo que la práctica de la adivinación -muy extendida en la época- carece de todo fundamento. Otro de los temores que Epicuro trata de combatir es el miedo a la muerte. Según el filósofo de Samos:

<< La muerte no puede ser sentida (...) La muerte no afecta a los vivos ni a los muertos; no existe para aquéllos, y éstos no existen para ella (...) Sin embargo, es el más terrible de los males >>

De entre los temores que provoca la muerte, dos pueden ser considerados como los más terribles: el miedo al más allá y el miedo a la desaparición de la conciencia. La tradición mítica había fomentado el miedo al más allá y a la aniquilación del "yo", por lo cual Epicuro se enfrenta a ambas cuestiones, negando las creencias populares sobre los premios y los castigos de ultratumba, por un lado, y las tesis platónicas acerca de la inmortalidad del alma, por otro. Para un epicúreo pensar en la muerte no tiene nada de espantoso, ya que con ella desaparece para el ser humano toda posibilidad de experimentar sensaciones, incluidas la del dolor y la del sufrimiento. Y si la muerte no es un mal en el momento en que se presenta, mucho menos debe serlo para aquél que únicamente piensa en ella. Lo que nos sucede después de la muerte debe preocuparnos tanto como lo que nos sucedió antes de haber nacido, es decir, nada en absoluto:

<< El recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo infinito, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible, en efecto, hay en el vivir para quien ha comprendido que nada temible hay en el no vivir >>

La inmortalidad del alma no tiene sentido para Epicuro, ya que ésta, al igual que el cuerpo, se halla formada por átomos. Cuando los átomos del cuerpo se disgregan, lo mismo sucede con los átomos más sutiles que constituyen el alma.

Epílogo: el epicureísmo, una filosofía de la amistad

El punto central de la ética de Epicuro es el placer - hedoné- , un placer moderado, entendido como ausencia de dolor. Dentro de este marco debe situarse la amistad - philía- , porque al cultivarla la vida humana se verá revestida del mayor placer y felicidad. El significado que la amistad toma con Epicuro es universal, independiente de la clase social a la que pertenezca el individuo:

<< La amistad va recorriendo el universo como un heraldo que nos invita a la felicidad (...) De todos los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida completa, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad >>

La amistad procura al hombre una ayuda frente al aislamiento, en un mundo declaradamente extraño y hostil. El epicúreo se retira al Jardín, desengañado de la sociedad de la época, para dedicarse a la búsqueda del placer y al cultivo de la amistad, auténticos guías en el camino hacia la felicidad.

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