
Por Elena Mota y Pasqual Romero
Todos hemos estado enfermos alguna vez, todos hemos necesitado cuidados en alguna ocasión. El valor asignado a la salud varía entre las personas y las experiencias de cada una.
A lo largo de la historia el concepto de salud ha ido cambiando según hayan sido las ideas y las condiciones en las que se ha desarrollado el ser humano.
Reflexionando sobre la idea de salud nos planteamos diversos interrogantes: ¿qué es la salud? ¿y la enfermedad?, ¿cuándo se está enfermo? ¿qué hay que hacer para estar sano? y sobre todo, ¿qué es cuidar? ¿quién cuida?
Para cuidar debemos saber qué tenemos en las manos, es decir, que cuidamos. Hoy en día todavía existe la idea, aunque por suerte, tiende a desaparecer, que considera a los enfermos como mecanismos biológicos en mal estado y a los profesionales de la sanidad como expertos de la enfermedad, quedando la salud definida como ausencia de enfermedad. Es necesario corregir esta concepción.
Existen muchas definiciones de salud, pero ninguna es capaz en sí misma de abarcar el amplio concepto que ella supone.
Desde la OMS se ha propuesto el concepto de salud como “ el estado completo de bienestar físico, psíquico y mental y no solamente la ausencia de enfermedad ”. Esta definición nos transmite la idea del hombre como un ser bio-psico-social, miembro de un grupo en el que se identifican necesidades físicas, psicológicas y sociales, pero limita la salud a un concepto estático que a pocas personas incluiría, de ahí la necesidad de una definición de salud como una situación relativa, variable, dinámica, una situación de equilibrio en cuyos extremos encontraríamos por un lado el máximo grado de salud y por el otro la enfermedad.
Por otro lado podríamos definir la enfermedad como un desequilibrio físico, mental y social, con manifestaciones objetivas y subjetivas, que disminuye la capacidad de la persona para llevar a cabo las tareas habituales y su proyecto personal, obligándola a solicitar la ayuda de los servicios profesionales de la salud.
Así pues la salud depende de un doble equilibrio entre el interior y el exterior del ser humano
¿Cómo debemos entender entonces, los conceptos de salud y enfermedad? ¿Quizás como algo diferente, o mejor, como las piezas clave de un solo proceso, el proceso salud-enfermedad.
Ambos conceptos no son la cara y la cruz de la moneda. Estar o no enfermo dependerá de situaciones objetivas (físicas, biológicas, posibilidades del individuo), subjetivas (experiencias personales, alegría de vivir, comodidad) y por supuesto sociales (integración, labor productiva, valoración y estima del resto de individuos).
Entre ellos dos existe una amplia gama de posibilidades a lo largo de nuestra vida que nos acerca a cualquiera de los extremos, pero no los debemos considerar polos opuestos.
Figuradamente, la salud y la enfermedad podrían contemplarse como una balanza donde el individuo puede sopesar su estado personal, su situación como ser humano y será él al fin y al cabo quien decidirá si se halla más cerca de la salud que de la enfermedad en e trayecto imaginario antes mencionado.
De hecho, en individuos con una misma patología, ya sea una fractura ósea, una gripe o una hepatitis, ¿quién se encontrará más enfermo? Difícil respuesta, ¿cuál se recuperará antes? Probablemente el que consiga un mayor equilibrio y armonía bio-psico-social, es decir, aquel que esté mejor atendido, se sienta más valorado y estimado, en definitiva aquel que sea capaz de afrontar su situación con mayor optimismo y energía.
Existe una relación evidente entre el grado de salud y el tipo de costumbres, estilos de vida y medio ambiente en que vive el individuo, es por ello que se ha demostrado que la forma más efectiva para mantenerla y enfrentarse a la enfermedad es la educación para la salud y la promoción de la salud .
Promoción de la salud
Trabajar en el mundo de la sanidad nos traslada a un ámbito profesional que implica responsabilidad, un alto grado de reflexión y compromiso con el ser humano y su condición.
El profesional deberá cuidar y atender las necesidades de las personas cuando están cerca de la enfermedad pero también cuando se sitúan próximos a la salud participando y promoviendo campañas que mejoren los hábitos saludables de las personas de las comunidad en la que vive. Debe fomentar el cuidado y la participación de la familia para lograr la máxima implicación en el proceso y lograr que las personas se acerquen a la zona de salud lo máximo posible.
Abandonemos el concepto de paciente que espera inmóvil la solución a sus problemas y trabajemos para ayudar y guiar al individuo en su auto recuperación, siempre desde una perspectiva holística, es decir sin perder de vista sus necesidades biológicas, psicológicas y sociales.
La educación y la promoción de la salud no es un trabajo destinado exclusivamente para los profesionales de la sanidad. Para que funcione es imprescindible que se desarrollen políticas
públicas saludables, que influyan en las políticas corporativas.
La promoción de la salud la podríamos definir como el conjunto de actividades que permiten capacitar a la población para cambiar conductas o modificar el entorno de manera que aumente el control de su propia salud y la mejore.
Una buena salud es vital para el progreso social, económico e individual y constituye ella misma un aspecto de la calidad de vida.
En la carta de Ottawa se consideró la salud como un recurso para la vida cotidiana no como el objetivo de la vida. Por ello se definió la promoción de la salud como los procesos que favorecen el control de los individuos y grupos sobre las variables que condicionan la salud.
No se trata de decir a la gente los que debe o no debe hacer, sino de capacitarles para una gestión autónoma de su salud y de la pérdida de la misma, incluyendo un uso más racional de los servicios sanitarios y la tecnología médica. El apoyo de la autoayuda, los auto cuidados, las redes sociales, el reforzamiento comunitario son actividades claramente vinculadas con la función de capacitación.
Las decisiones de los individuos son las que conforman su situación de salud. Pero estas decisiones se producen dentro de un rango de opciones que a su vez está establecido por las políticas públicas y corporativas. El tamaño del rango de opciones, es decir, el nivel de desarrollo, condiciona la probabilidad de elecciones más saludables, En esta situación, conseguir que grupos de población numerosos adopten las opciones más saludables supone desplazar todo el rango de opciones hacia el lado de la saludabilidad.
BIBLIOGRAFÍA:
- Evangelina Pérez, A.M. Fernández: Auxiliar de enfermería ; Mc Graw Hill, 2000.
- Arturo Ortega: Auxiliar de enfermería ; Mc Graw Hill, 1998.
- MºCarmen Pérez, B. Quilchano: FP ; Algaida, 2003.