LA MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA

Por Marta Domínguez Raya

 

La habilidad para esconder la realidad con el fin de mejorar las posibilidades de supervivencia abundan en el reino animal. Por ejemplo, los zorros en peligro simulan estar muertos para despistar al agresor; los chimpancés cojean visiblemente en presencia de un macho dominante para salvar la vida, etc. Para los humanos, la habilidad para transformar la realidad y protegernos es útil para mantener nuestra autoestima y estabilidad emocional.

 

            Sigmund Freud, contribuyó al entendimiento de los trucos que inconscientemente utilizamos los seres humanos para escapar de la angustia y de la desesperación. Según el padre del psicoanálisis, cuando nos sentimos afligidos por deseos insatisfechos los reprimimos sin darnos cuenta, es decir, inconscientemente. En el inconsciente, o los enterramos y olvidamos, o los reciclamos en pensamientos más  tolerables, o los sublimamos y manifestamos en alguna actividad socialmente aceptable. También advertía que la represión de ciertos impulsos sexuales o violentos pueden causar ansiedad, obsesiones o fobias, a la vez comprendía que la principal función de los mecanismos de defensa es ayudar a mantenernos emocionalmente tranquilos y esperanzados.


            El psicólogo neoyorquino León Festinger formuló en 1957 una teoría sobre la disonancia mental: a la hora de explicar o justificar las cosas, los humanos seleccionamos los argumentos que mejor respaldan nuestras creencias y conductas, con el fin de evitar los sentimientos discordantes y desagradables que nos producen las contradicciones, por ejemplo, el fumador habitual experimenta el conflicto o disonancia entre la información sobre lo perjudicial que es para la salud y su hábito. El objetivo es construir un razonamiento que evite lo más posible los sentimientos negativos.

             Los mecanismos de defensa se elaboran en el inconsciente y favorecen la adaptación y la supervivencia, especialmente en situaciones lastimosas. La continua evolución del ser humano, hace que cada día vivamos más, veamos más, conozcamos más, etc., bajo estas condiciones una vida sin mecanismos de defensa sería insufrible. Las personas tenemos dos tipos de memoria: verbal y emocional. La memoria verbal es donde almacenamos, por separado, los sucesos recientes y acontecimientos de la infancia. Por ello es posible olvidar donde hemos puesto las llaves de casa, pero nos acordemos claramente sucesos de la infancia. Es la que utilizamos en el día a día y la que contiene nuestra memoria autobiográfica. Además de guardar y ordenar nombres, cifras y hechos, también anotamos las interpretaciones personales de los acontecimientos que nos afectan, sus connotaciones y los sentimientos que los acompañan. Por ello, al evocarlos podemos llorar o reír.

             La memoria emocional está reservada a las experiencias que nos conmocionan. Se conservan con toda su intensidad y sin palabras, las escenas que vivimos durante situaciones que nos abrumaron, los sonidos y los olores que nos impactaron, y las sensaciones corporales que nos invadieron. Razón por la cual es muy importante que las víctimas de un trauma emocional pongan en palabras y relaten la experiencia vivida, para disminuir su intensidad  y transformarlas en recuerdos más manejables bajo el control de la memoria verbal.

 

            En el terreno personal, la selección que hacemos de los recuerdos modula nuestro estado de ánimo, estimulando emociones agradables o desagradables. También, la forma positiva o negativa de sopesar nuestra historia y de reconciliar lo que fue y lo que pudo haber sido moldean el concepto que tenemos de nosotros mismos. Por otra parte, contar historias autobiográficas nos ayuda a dar significado a nuestra vida en el contexto del mundo que nos rodea, y contribuye a formar nuestra identidad social.

 

            El olvido cura muchas heridas de la vida, por ejemplo, alivia la pérdida de un ser querido. Además nos ayuda a perdonar agravios los agravios y a recuperar el entusiasmo después de sufrir alguna calamidad. Distanciarse de un ayer penoso facilita el restablecimiento de la paz interior. Rojas Marcos, el autor del libro La fuerza del optimismo, nos indica que se debe aceptar el sufrimiento y la humillación como elementos inevitables de la vida. El permanecer estancados en un ayer doloroso es vivir preso del miedo o del rencor, obsesionados con aquellos que quebrantaron su vida. Quienes hacen las paces con el pasado, por fatal que éste sea, se liberan, se reponen y controlan mejor su destino.

 

             Los infortunios nos hacen sentirnos mal y frustrados, al menos temporalmente. Pero, las personas optimistas, cuando son golpeadas por la adversidad, suelen pensar que es transitorio y que de ello se recuperarán. Por el contrario, las personas pesimistas tienden a considerar que los efectos de las desgracias son irreversibles y los daños permanentes. Existen dos categorías de esperanza: la esperanza general y la esperanza específica. La primera abarca las expectativas globales que albergamos del futuro, que están basadas en creencias y valores que tenemos sobre la vida.

 

            Esta visión esperanzadora general es con frecuencia el resultado de genuinas convicciones positivas. Por ejemplo, el tener fe, la creencia en un "más allá", es una forma de esperanza  que ayuda a muchas personas a tolerar situaciones muy difíciles. Además, la esperanza también puede nutrirse de la fe en valores humanos como la paz, la justicia, la libertad o la bondad. La esperanza no está reñida con la aceptación de nuestra caducidad, este hecho, empuja a muchas personas a luchar con más tesón para, de este modo, apreciar con satisfacción y agradecimiento los deleites cotidianos.

 

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